Terapia hormonal y transición: así viví mi primer año en testosterona

En un texto personal, Dante Ureta cuenta cómo fue su primer año después de decidir someterse a terapia hormonal con testosterona y cómo ha redescubierto su cuerpo esta cuarentena.

terapia hormonal
Foto. Cortesía Dante Ureta

Por: Dante Ureta

Empecé mi proceso de terapia hormonal hace un año, con futuro incierto pero con un chingo de expectativas de cómo sería. En mayo de 2019 vivía en una casa a la que había llegado 5 meses atrás, estaba en una relación estable que planeaba mantener los años que me permitiera la vida, tenía un verano científico por delante: un plan de vida mapeado mentalmente y estabilidad emocional.

Para agosto de ese mismo año todo eso ya no estaba. Me había mudado. Mi cara no era la misma, ni mis manos. Mi voz no sonaba igual. Había tomado la decisión de terminar mi relación abruptamente y con ese final se fueron muchas cosas también.

Estaba viviendo una pubertad y a la vez, una menopausia, con una dosis alta de testosterona que estaba afectando no solo mi salud y apariencia, sino mi estado mental y mi relación con quienes me rodeaban. 

Me sentía solo. Encima de esto, la testo me tenía despertando todas las mañanas con la quijada apretada, sudando y con el corazón acelerado. Y eso que ni siquiera tenía pesadillas. 

Huía de mí, porque tampoco encontraba lugar en mí. Aunque se suponía que de eso se trataba todo esto ¿no? Llegar a mí. Ser más yo. Recuperarme. 

Terapia hormonal: la decisión de empezar

No todas las personas trans quieren Terapia de Reemplazo Hormonal. En 2018 yo (identificándome como no binarie) empecé a cuestionarme si mi disforia era algo que podía trabajar en terapia o si la testosterona era el camino. Con mi sexóloga descubrí lo segundo.

En Guadalajara, la Asociación Civil Impulso Trans tiene un directorio de médicos especialistas con perspectiva de género. La recomendación es ir un año a terapia antes de comenzar las hormonas. 

Después de eso, la psicóloga escribe una carta confirmando un diagnóstico de disforia de género para derivar con un especialista en endocrinología. Te piden pruebas de sangre. Si los resultados van bien, la endocrinóloga te da tu dosis. La testo se toma inyectada o en gel.

Para mí, el ir a terapia es importante, no por esta idea médica de “diagnosticar disforia”, sino porque quienes comenzamos una Terapia de Reemplazo Hormonal (TRH) definitivamente estamos viviendo un cambio radical en nuestras vidas, y considero fundamental (si es posible costearlo) llevar acompañamiento psicológico para que sea menos pesado el camino. Además, a todas las personas nos viene bien ir a la psicóloga. 

Yo tenía apoyo de mi familia y una red de amigues queer. Mi psicóloga veía un pronóstico positivo para mí. Pero los primeros meses no pude pagar mis terapias y las hormonas mezcladas con mis procesos personales hicieron que fuera un camino difícil. Entre mis cambios de humor y cambios físicos acelerados, me tuvieron que bajar la dosis.

No a todos mis amigos en TRH les ha pasado lo que a mí. Yo me pregunto qué tan diferente habría sido mi proceso si lo hubiera vivido en otro momento. Con más herramientas para manejarlo.

Adaptarme a la diferencia

Pasaron 5 meses del inicio de mi terapia hormonal y mi cuerpo no se parecía en nada al que algún día había sido.

Aunque eso me gustaba, y físicamente me complacía, internamente cada que veía al espejo me desconocía. Las personas no me veían igual, ni yo me veo a mí igual. 

Todos esos códigos sociales esperados de mi corporalidad eran diferentes. Mi cuerpo no era aceptado en los lugares que antes sí, y donde sí era aceptado me sentía o más bien me siento, más como un intruso que un perteneciente. Supongo que ese es el eterno sentir de les que nos salimos del género. Somos eternos intruses. 

En esto estoy de acuerdo con el filósofo Paul Preciado: el género por sí mismo es violencia. Antes de la transición yo me creía este discurso que dice que “iba a recibir privilegios” por que me leyeran como hombre. 

Ahora, de este lado del espectro, caigo en cuenta de las violencias que experimentan los cuerpos masculinizados. Y me asusta. 

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Nuevos miedos

Me asusta que me toquen en la entrada del antro, que se espere de mí ser violento, cómo me tratan otros hombres por ser femenino.

Me asusta la policía, marchar y que me desaparezcan. Que me “levanten” por vato y me violen por ser portador de una vulva. Si soy muy cercano a la mujer que otro hombre considera propiedad, entonces, soy un enemigo. 

Una noche, a una amiga y a mí nos siguió un hombre masturbándose en un automóvil. Mi instinto fue primero protegerla a ella, pues yo tenía “el disfraz”. Después pensé qué pasaría si me descubrieran “impostor”. 

No es solo que me trataría con la violencia con la que se tratan los hombres cisgénero, sino que, debajo de las capas de tela, debajo del binder que ese día no llevaba, en mi entrepierna, soy blanco de la violencia misógina también. ¿Cómo sobrevivir en un mundo tan infectado de género? 

Si los hombres cisgénero pasaran más tiempo pensando en las violencias que atraviesan sus cuerpos y cómo solucionarlas y bajaran las expectativas inalcanzables que tienen de sus masculinidades en lugar de estar viendo al lado y pensando cómo violentan a las mujeres y la diversidad sexual, quizás ya tendríamos un rumbo diferente en esta lucha. 

Hace poco escuché a alguien decir que no podemos quemar el género y comenzar desde los cimientos, porque todo lo que hagamos lo haremos después del género. 

Encontrando esa “nueva normalidad”

Mi mejor amigo le llama “la peste bubónica de Dante” a mis peores días. Así reafirmé que él es de los amores de mi vida, porque fue esa persona que, pese a verme en mis peores momentos, decidió ver mis demonios cara a cara y sin miedo ponerles un alto. A veces acompañarlos, y otras darles espacio o regañarlos. 

Quizás debí pensarlo mejor antes de ponerme Dante, porque ¡vaya que sí atravesé el Infierno!

Dante significa “el que resiste”. Mi nombre anterior era “Valiente”. Necesitaba ser Valiente para hacer esto y dejar de ser Valiente en orden de comenzar a resistir. 

Y a la vez, necesitaba dejar morir mi ser Valiente para renacer. Y dar paso a ser “el Renacido que Resiste” o Dante René. 

El crear comunidad con otres no binaries y asistir por primera vez como colectivo a la marcha del Día de la Mujer me dio fuerza. 

Nuestras historias son multihistoriadas, y la mía va de la mano de quienes me han acompañado y de quienes se fueron también. Es imposible comprendernos unidimensionales. Me ha costado mucho aceptarme tridimensional, y abrazar mis demonios. 

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Mi cuerpo ya es mi casa

La cuarentena coincidió con mi primer aniversario de transición y  se presentó obligándome a ver en mí. Lo que encontré me sorprendió: No tengo miedo. No estoy solo. Estoy en calma. Me gusta estar conmigo. Lo extrañaba, de hecho. Descubrí que me amo. 

Mi cuerpo ya es casa, y también es templo. Y ahora lo escucho y formo parte activa en construirlo. Sobre todo, descubrí que me tengo. Que ya no soy el mismo, ni quiero serlo. 

Lo difícil viene con lo positivo

Historias bonitas sobre mi transición y las cosas positivas que me ha traído tengo muchas. Jamás pensé que me sentiría tan pleno viviéndome en este cuerpo. Mi yo de 14 años seguro estaría muy orgullose de mí y lo que he logrado. Ni en mis más locos sueños pude imaginarme yo siendo yo como lo soy hoy. Soy mi proyecto personal favorito.

Pero encuentro fundamental hablar de las partes difíciles antes de hablar de las buenas, por que no sería honesto al contar mi historia sin mencionar que hay cosas de este lado del género que me dan miedo. Sin admitir que fue difícil y que me equivoqué, y sin aprender con responsabilidad de ello. Porque soy quien soy por esas caídas. Porque sin los aprendizajes difíciles tampoco tendría la cantidad inmensa de bonitas y hermosas experiencias. 

Y sobre todo por que, creo en la Ternura Radical, y me quedo con esta parte del manifiesto de Dani d’Emilia y Daniel B.Chávez:

“Ternura radical es dejarse mirar; dejarse llevar
ternura radical es no desplomarse frente a nuestras contradicciones
ternura radical es no permitir que los demonios existenciales se conviertan en cinismos permanentes
es no ser siempre las mismas, los mismos, les mismes
es encarnar In Lak’ech…
porque tú eres mi otro yo
y viceversa.”