Sobre regresar a casa… y a los comentarios clasistas y machistas

Regresar a casa es disonante. Hace unos 6 años me mudé a la Ciudad de México dejando atrás la ciudad en la que crecí toda la vida, y cada vez que vuelvo es como viajar un poco al pasado… no solo en el sentido nostálgico, sino también en el retrógrado.

Nací en un entorno en el que se consideraba que una piel clara era «mejor» que una piel morena. Estudié en una escuela que creía que las mujeres solo cabían en la dicotomía «puta o santa» y me forjé en un ambiente donde reírse de la comunidad LGBT+ no era grosero, sino «gracioso».

No lograba verlo entonces, pero ahora sé que crecí en una sociedad sumamente raciclasista, homofóbica y machista.

De vuelta a los comentarios clasistas

Con el paso de los años he trabajado para eliminar esas nociones discriminatorias con las que crecí, pero es muy fuerte regresar a casa y sentir que nadie más parece haberse dado cuenta.

Volver tiene ese sabor agridulce, de toparme de nuevo con gente a la que aprecio mucho y veo poco, pero también con comentarios denigrantes que se intercambian entre copas de vino y risas, comentarios con los que no estoy de acuerdo y ya no puedo ignorar.

La visita incómoda

En mis reencuentros de provincia he pasado por todo tipo de reacciones, desde quedarme callada hasta entrar en discusiones acaloradas que terminan dejando una atmósfera tensa.

Me he convertido en la visita incómoda, la que da gusto ver… hasta que algún tema sensible se pone sobre la mesa.

Es extraño, porque tampoco pretendo ser quien llega a aleccionar con delirios de superioridad moral –yo también sigo aprendiendo–, pero ¿cómo seguir conviviendo con personas que quieres cuando la brecha se hace cada vez más grande?

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Una solución… o al menos un intento

Lo que me ha funcionado al toparme con comentarios clasistas, homofóbicos o misóginos es ser más estratégica en la forma de abordarlo.

En vez de desgastarme contradiciendo a una masa de gente que piensa distinto a mí, procuro aprovechar los encuentros cercanos para cuestionar, individualmente, por qué piensan de esa forma.

No pregunto con imposición ni prejuicio, sino como un gesto genuino de querer entender de dónde vienen esas ideas y que ellos mismos puedan cuestionárselo. Al fin y al cabo, yo también pasé años sin pensar que ciertas actitudes estaban mal.

Pasa en todos lados

En la Ciudad de México suelo rodearme de personas con una mentalidad similar a la mía, es por eso que estas confrontaciones son más evidentes cuando regreso a provincia, pero eso no significa que solo sucedan ahí, pasan en todos lados.

Solemos vivir en una eco chamber o cámara de eco donde un grupo opina igual que nosotros, el problema es que las personas con ideas machistas, clasistas y homofóbicas también…

La responsabilidad es de cada persona

Poner en tela de juicio ciertas ideas con las que me educaron ha sido vital en el proceso de conocerme y definirme dentro de una sociedad que mira de reojo a quienes van contracorriente.

Alzar la voz cuando algo no me parece se ha vuelto casi inevitable, pero también creo que cada quien puede elegir sus batallas.

Es responsabilidad de cada persona atreverse a cuestionar sus prejuicios y preguntarse cómo puede ser más empática, cómo puede interpretar el mundo de tal manera que todos quepamos en él.

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