Explicaciones que nadie pidió sobre mi presunto feminismo

Explicaciones que nadie pidió sobre mi presunto feminismo

La primera vez que me preguntaron si era feminista dije que no. Estaba estudiando la preparatoria en una escuela particular y católica donde el número de varones rebasaba el de mujeres y me quejaba, muy quedito, de que las dos mujeres del equipo estuviéramos haciendo el trabajo de todos los integrantes.

Dije que no era feminista porque, tal como lo veía en ese entonces, no identificaba ahí una cuestión de género como el elemento que trazaba las directrices de nuestra dinámica. Nada más dije lo que estaba viendo: somos cinco y solo dos trabajamos, estas dos somos mujeres.

Me pareció que la pregunta era una manera de descalificarme, no sólo porque quien me la hizo se estaba riendo, sino porque en aquel entonces yo pensaba que el feminismo era una causa trasnochada que ya no tenía nada que ver con el mundo que a mí me estaba tocando vivir.

Según la Real Academia Española, la primera acepción al significado de presunto es supuesto. Es decir “considerado real o verdadero sin la seguridad de que lo sea”.  A mí dos veces en la vida me han dicho: “tú no eres feminista”, fueron dos hombres en circunstancias muy diferentes.

Lo curioso es que en verdad coincidí con ellos porque hasta entonces yo nunca había mencionado el término feminista como algo que me definiera, siempre sentí que me quedaba muy grande. Pensaba que, en caso de querer serlo, debía cumplir con una serie de normas estrictas que al final de cuentas iban a alejarme de todos, porque el mundo es de cierta forma y tratar de cambiarlo todo de una vez es una tarea, no sólo titánica, sino ingenua.

Entonces, ¿por qué estas personas estaban reprobándome como la feminista que yo jamás había asumido ser? Misteriosos son los caminos del señor.

Exageras. Es la palabra que más he escuchado desde que dejé de avergonzarme de señalar lo que me parecían obvias injusticias, cada que me pregunto cosas como: Este pasajero del camión, ¿tiene que abrir sus piernas todo lo posible sin importar que yo esté en el asiento de al lado? ¿En verdad es lo mejor quedarme callada cuando alguien me grita en la calle? ¿La respuesta ante las agresiones debe ser “mejor no les hagas caso”? ¿Es mucho pedir que las mujeres podamos tener espacios no mixtos sin ser agredidas por eso?

¿Es normal que cuando camino por la calle y escucho pasos me sienta temerosa si el otro peatón es un hombre? ¿En verdad importan poco las modificaciones al lenguaje? Y si importan tan poco ¿por qué estas modificaciones causan tanto escozor cuando se hacen en sentido contrario al habitual?

¿Podríamos hacer alguna lectura de que la mayor parte de los asesinatos a mujeres son por parte de sus parejas? ¿Por qué en los festejos familiares ellos se quedan sentados y nosotras nos ponemos de pie como un resorte para servir la comida? ¿Los chistes sexistas, son sólo chistes?

Estas preguntas no son retóricas. La fuerza de la costumbre y el discurso dominante provocan que cuestionarse algunas cosas densifique el ambiente y llene el derredor de hostilidad, por eso muchas veces también me he callado, he creído que lo mejor es hacer como si no viera cosas, como si no sintiera miedo. Me he hecho creer que estoy exagerando.

La conversación con otras mujeres es uno de los actos más liberadores que he conocido hasta ahora. Ayuda, entre otras cosas, a nombrar lo que acontece y a saber que lo que me pasa a mí le ocurre (qué casualidad) también a la otra. “Será que somos raras”, decimos.

Pero luego va saliendo “esto le pasó también a mi prima”. Y así jalamos el hilito y nos pasa a todas o casi todas. La consecuencia lógica sería llegar a la conclusión de que se trata entonces de un problema sistémico y no uno particular, pero, unos minutos antes de acercarnos al desenlace de la conversación, puedo ver a mi amiga/prima/socia esbozar una sonrisa nerviosa y deslindarse con una frase del tipo “pero bueno, tampoco es cosa de ponernos como las feministas”.

Cuando uno anuncia que cambió de trabajo la gente siente curiosidad, hace preguntas, lanza felicitaciones, aun cuando se ha cambiado a un trabajo completamente distinto del de su interlocutor. Ahora bien, cuando dejas ver que eres feminista suele hacerse un silencio raro. Los conversadores más pacíficos cambian tema, los otros van desde la broma hasta el cuestionamiento indignado, como si tu posicionamiento estuviera atentando contra su propiedad o su persona ¿Qué miedo subyace bajo esta palabra?

Entiendo el enojo, nadie quiere que se le identifique como la parte agresora de una dinámica, por eso, al escuchar hablar de feminismo muchos hombres reaccionan como si se les atribuyera el peso de toda la maldad del mundo. Esta es la razón por la que aquel amigo con quien te sentías tan identificada te mira con extrañeza, y se pregunta cómo es posible que le “compres” el discurso al feminismo que “es una cosa exagerada”.

Declararse feminista parece ser una invitación para que cualquiera se acerque a inspeccionar tramo por tramo de tu vida, a ponerte el examen. Sin cuidado, tomará una sección de tu historia y con la satisfacción del bacteriólogo dirá “Ajá, ¿no que muy feminista? Ahora explícame esto”.

Si no pagaste la cuenta, si te pusiste tacones, si utilizas sujetador o si no lo haces, si te gustan los niños, si los llevas a la guardería, si todos tus compañeros son hombres, si la mayor parte de tus amigas son mujeres, si siempre andas con el peinado prolijo. Nada de esto importa en sí de forma aislada, pero una vez que te identifiquen como feminista –lo hayas declarado o no– estarás bajo la lupa.

Todos somos protagonistas de nuestras vidas, claro, pero cuando hablamos de patriarcado, queridas personas, no nos estamos refiriendo a Juan Cantillo o Ignacia Gómez (nombres ficticios) en particular, sino a toda una estructura que pone las condiciones para que ciertas dinámicas de opresión se perpetúen bajo la apariencia de ser algo natural e inocente.

Ya lo menciona Catalina Ruiz Navarro en su artículo ¿Pueden los hombres ser feministas?. Claro, pueden ser aliados, sólo que eso va a implicar que hagan cosas que normalmente no hacen, como no estar en el centro del movimiento, escuchar más que hablar y estudiar el feminismo por sí mismos en lugar de esperar que su compañera venga a explicárselos.

Dice Rosa Luxemburg que quien se siente muy libre es porque no se ha movido lo suficiente como para escuchar las cadenas que le esclavizan. Suena fuerte y además exagerado. Ahora bien, para saber qué tan exagerado o no es, basta con hacernos una pregunta sencilla: en una familia (con sus múltiples variedades) ¿quién hace cada tarea y cómo se decidió esto? ¿Fue consenso o las cosas “se fueron dando”? ¿Las cosas se fueron dando de tal modo que la mayor parte de las tareas las hacen las mujeres (tías, hijas, abuelas)?

La prima de una amiga, de cuyo nombre no logro acordarme, hizo el experimento de analizar la proporción de las tareas de su casa y al notar asimetría informó a su compañero que a partir de entonces él se encargaría de la compra de los víveres.

Su compañero es muy progresista y por eso desde la primera semana se unió sin disgusto al reto. Llegado el día de ir al súper solicitó la lista de los ítems faltantes de la despensa  y las indicaciones acerca de dónde comprar cada cosa. Al llegar, dejó la compra en la cocina para que su compañera la acomodara.

Si puedes ver por qué el compañero de esta chica no ha entendido el mensaje eso significa que tú has comprendido mucho y es posible que se te califique como presunta feminista. Por si las dudas, después de este recorrido vital sobre el tema, yo me declaro responsable de los cargos que se me imputan: soy feminista.