No me gusta menstruar: por favor no traten de convencerme de que es lo máximo

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Foto. Analise Benevides

No me gusta menstruar. Sí, ya sé que es síntoma de buena salud y de que no hay embarazo, pero fuera de eso ningún artículo, frase o producto me ha hecho amarla.

La copa menstrual ha transformado mi forma de vivirla, pero no tanto como para que me encante, me emocione o la considere un milagro de la naturaleza.

En cuestión de ciclos menstruales vivimos en los extremos: primero se nos enseñaba una vergüenza abierta y un franco odio hacia esa serie de cambios hormonales, pero ahora parece que estamos en el otro extremo y hay que amarla incondicionalmente: no debe doler ni un poco, sino vivirse como algo gozoso que te hace sentir imparable.

Pues no, muchas la vivimos como algo molesto que llega en el peor momento y que, francamente, preferiríamos evitar… y eso tampoco está mal.

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¿Menstruar empodera?

De un tiempo para acá, algunas mujeres creen saber más sobre “mi luna” que yo misma. Si tengo dolor es porque “hay algo malo, muy malo”, pues de acuerdo con este novedoso enfoque el periodo es un gran orgasmo, asunto que no logro comprender, especialmente en mi segundo día, cuando más bien siento que estoy pariendo al anticristo o que un alien va a brotar de mi igualito que en la película.

Personalmente, me parece importante expresar dolor, algo que históricamente a las mujeres nos ha sido negado.

Crecemos con la idea de que si algo te molesta es mejor que no se note, todos tienen que verte bien siempre y cualquier signo de molestia es silenciado rápidamente ¡y de qué forma! Porque eres tachada de exagerada, quejosa, amargada e histérica.

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Imperfecta y negativa

Creo que el periodo premenstrual y el sangrado son excelentes oportunidades para permitirnos la furia, que también nos ha sido arrebatada, porque va contra nuestra “naturaleza delicada y maternal”. Es más frecuente estallar esos días y decir con más claridad y firmeza todo.

Conocernos desde las emociones “negativas” y la imperfección también es saludable y eso se logra admitiendo que las hormonas te desquician y el periodo te caga.

La transformación no para y de fascinante no tiene nada. Montada en la montaña rusa hormonal ando con un tapiz de barros en los sitios más inoportunos: la punta de la nariz, la frente, para terminar regándose por el pecho y la espalda, ¿qué tiene eso de bello y placentero?

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Finalmente, la menstruación me obliga a parar, a bajar el ritmo. Debo ser una decepción para todas esas camisetas vendidas con el lema “All you can do I can do bleeding”. Lo que yo necesito esos días es dormir y estar acostada, mi mayor estiramiento es para alcanzar el chocolate o las papas.

Estoy tan hinchada que me siento todo menos fuerte e imparable, vaya, hasta mi abuelita podría darme una paliza.

No me gusta menstruar

En resumen, sangrar me desagrada y lo mejor de cada menstruación es cuando termina, cuando no molesta, cuando no me duelen las tetas. Y aunque entiendo la búsqueda de reconciliación con ella y que cada quien la viva —o la soporte— como mejor le parezca, el “camino rubí” no es para mí, mejor pásenme el ibuprofeno y el helado.