Por qué considero importante asumirme feminista

llamarme feminista
Foto. Habila Mazawaje

Llegué al feminismo recién pasados los treinta. No sé si llegué muy tarde, sólo fue así. A partir de ahí, todo se volvió un trabajo de auto-observación y aprendizaje sin tregua para entender no sólo las desigualdades a las que me enfrento por el hecho de ser mujer, sino también reconocer los privilegios a los que sí tengo acceso (y otras mujeres no).

El feminismo es necesario, no es una opción, no se trata de una corriente filosófica o una ideología alternativa que se pone de moda cada tanto. Si eres mujer, deberías ser feminista. Y si eres hombre ¡Pues también! Como aliado.

Parece rotundo ¿No? Pero yo, siendo una adulta hecha y derecha (desecha e izquierda) miro hacia atrás en retrospectiva y me doy cuenta de lo fácil y a ratos hasta cómodo que es vivir en un entorno lleno de machismo del que no era ni tantito consciente.

No sólo lo vivía, sino que como en un ciclo, cada vez que pasaba por alguna nueva situación machista, la replicaba sin ni siquiera darme cuenta.

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Descubriendo mis micromachismos

Hace años tenía un grupo de amistades compuesto en su gran mayoría por hombres, lo que me hacía sentir súper cool porque los hombres son chidos y todas las mujeres estamos locas (eyes rolled).

Me encantaba ser considerada una más de los batos, porque me hacía sentir que yo estaba por encima del drama, la emocionalidad y la locura a la que están sujetas las mujeres… porque mujeres ¿No?

¡Pues no! Ni todas las mujeres estamos locas ni ninguna debería sentirse mejor que otra porque está en el bando de los hombres como uno más.

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Otro ejemplo: Me di cuenta que solía ver a otras mujeres como rivales, porque desde temprana edad aprendí –sin proponérmelo– que entre hombres y mujeres no hay amistad sino una tensión sexual no resuelta (en el mejor de los casos).

Es muy fácil ver con sospechosismo a cualquier chica que se acerca a “tu” hombre. (¡Tú hombre! Ni hablemos de cómo deberíamos desmarcarnos de los adjetivos posesivos para referirnos a las personas) .

Y luego está esa otra frase que ronda por ahí para nublarnos el buen juicio: “el peor enemigo de una mujer es otra mujer” ¡Khé! Nocierto. Ni somos enemigas, ni somos rivales.

No tenemos que ser amigas si no queremos, pero debemos entender que vivimos en un mundo que por años (¡milenios!) ha violentado a las mujeres y su participación en la sociedad. Así que hoy, como mínimo, deberíamos estar en modo sororidad (solidaridad entre mujeres) y menos en actitud “¿Pero y todas las denuncias falsas qué?”, “Yo creo en la igualdad, no en el feminismo”, “¿Y las feminazis qué?” (eyes rolled X2) Eso dejémoslo a los “onvres” necios, que nosotras estamos bien entre nosotras.

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Un trabajo de auto-observación

El feminismo es un trabajo de auto-observación diaria, porque hemos crecido en una cultura machista que se nos impregna como chicle Motita en la guantera del coche.

Es muy difícil deshacerse de ella y cuando menos te das cuenta le soltaste sin pensar a tu amigui renuente a tu plan nocturno: “Ay, no seas nena, vamos a bailar”. Ups.

Hay que tener cuidado con nuestras palabras, sí, y también hay que saber perdonarnos cuando la regamos. Después de todo es un bagaje cultural, social y hasta familiar, del cual es difícil desprenderse. Es precisamente por ese bagaje que muchas de las veces, no solo hacemos comentarios machistas hacia otras personas, sino que hacemos comentarios sobre nosotras mismas que nos agreden, nos desvalorizan y nos afectan.

Seguimos aprendiendo…

Por eso es tan importante estar dispuestas a aprender, a observar más a nuestro alrededor, a desmenuzar la forma en que nos expresamos, no sólo de otras mujeres, sino también de nosotras mismas. A no juzgarnos.

¡Aprender a no juzgar-nos! Criticamos a otras mujeres por lo que se nos ocurra, por cualquier cosa que vaya contra nuestras creencias (generalmente limitantes) pero tampoco nos damos tregua a nosotras mismas. ¡Ay pero qué cansado!

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Si te educaron un poco como a mi, familia clase media, católica y con ciertos aires de superioridad, entonces te habrán enseñado que las niñas bien no dicen groserías, o que no usan faldas demasiado cortas, o que deben verse femeninas, o que con esos pelos y esa facha nadie va a querer salir contigo, o que las señoritas decentes no tienen s-e-x-o antes del matrimonio… Y una lista larguísima de haceres y deberes a los que nos someten desde chiquitas.

Para mí esto es lo realmente cansado: tener que cumplir una expectativa que nunca ha sido mía para que los demás valoren si cumplí o no mi rol como mujer.

La importancia de asumirme feminista

Como sólo puedo hablar de mi propia experiencia y no soy (ni pretendo serlo) ninguna conocedora experta del tema, solo puedo decir que me alegra haber descubierto este camino, de asumirme feminista, de haberme liberado de prejuicios y darme cuenta que puedo hacer mucho, muchísimo más de lo que creía destinado para mi.

Es un camino emocionante, excitante, y aunque a veces abrumador, definitivamente recomendado.

P.D. Recomiendo un libro que a mí, en lo personal, me cambió la vida, snif, se llama “La teoría King Kong” de Virginie Despentes.