Sobre ser feminista y, al mismo tiempo, ser “la otra” de la relación

ser "la otra" en la relación

Foto. Tengku Razaleigh

La autora de este texto ha pedido mantener su identidad como anónima.

Soy feminista. No es una agenda que trato solo a veces, no es una opinión. No para mí. Es una parte inherente de quien soy. Para mí significa vivir como feminista. Ya sea dudando del lenguaje que uso, los actos que realizo, e incluso cuestionando mis pensamientos. Vivimos en una sociedad donde las normas y suposiciones se implementan en nuestros seres desde una edad temprana. Y como feminista, es una lucha diaria contra una gran parte de esas normas y “valores”, que enfrento.

El concepto de la “otra mujer” o la amante es uno que la sociedad no aprueba. Es una norma social. La “otra” siempre es percibida como malvada, ruin, egoísta e incluso una “puta” en el sentido social de la palabra. Ella no puede tener el perdón, socialmente; mientras el hombre que engaña es perdonable, si demuestra suficiente arrepentimiento.

Todas podemos ser “la otra” en la relación

Para la sociedad, la “otra”, como concepto, es Eva; o mejor dicho, todas somos Eva, pero no todas actuamos sobre esta capacidad de “seducción” inherente en nosotras; pero la “otra mujer” sí. Y al igual que Eva es la responsable del destierro del cielo y “la destrucción de la humanidad”, casi casi; Adán no tiene ninguna responsabilidad por haber mordido la manzana. Adán es el “pobre” hombre seducido por una mujer manipuladora. Él no tiene parte en la responsabilidad de sus actos.

Podemos verlo en la forma en que la sociedad trata a las “otras mujeres”. Ya sea en Hollywood; cuando Brad Pitt y Angelina Jolie se divorciaron, los medios inmediatamente miraron a Jolie como la “otra” con titulares como “Cómo Angelina robó a Brad”. Como si Brad Pitt fuera un objeto para robar, sin libre albedrío o noción de lo correcto y lo incorrecto.

Incluso podemos verlo en series de televisión como mi favorita, Grey’s Anatomy, donde aunque todos amamos a Meredith Gray, en el episodio en el que conoce a la esposa de MCdreamy, la paciente que escucha su historia asume de inmediato que es una zorra resbalosa. De hecho, se convierte en una broma en la que ella se refiere a sí misma como la “slutty intern”.

¿Y qué tiene que ver el feminismo?

Relacionando este concepto a mi agenda feminista, me pregunto: ¿ser feminista significa solidaridad femenina entre todas las mujeres? ¿Significa que no nos hacemos daños unas a las otras? ¿Significa que yo misma no puedo ser feminista si soy o he sido “la otra”?

Siempre me he considerado una buena persona, alguien amable. Cuando era pequeña nunca mentí, mi conciencia no me permitía no decir la verdad. Luego crecí y aprendí que el mundo no es blanco y negro. Por Dios, el área gris es tan grande que quizá el blanco y el negro no existen en absoluto.

Odio las mentiras. No puedo ver a hombres o mujeres siendo infieles en las películas, me lastima. Y aun así tuve un amorío. Dos, de hecho, mientras estuve casada, con dos hombres distintos, ambos casados. ¿ acaso los casados se buscan unos a otros? ¿Es una forma de reducir el riesgo?

Sorprendentemente, no solo pude vivir tranquila conmigo misma, sino que disfruté mis relaciones, incluso me enamoré.

Descubriendo las áreas grises…

La primera aventura fue con un amigo muy querido, y al sentir la necesidad (porque como sabemos, la vida no es una película de Audrey Hepburn y no siempre “tendremos París”), los sentimientos surgieron. Yo conocía a su esposa, es más, adoraba a su esposa. Y fue difícil, porque ella también me quería, por ser la mejor amiga de su esposo. Pero incluso así no terminamos el amorío, no podíamos hacerlo, hasta que yo me fui y decidí cortar todos los lazos.

En ese entonces me dije a mí misma que eso no podía volver a pasar jamás, que no sucedería otra vez, ya que solo había pasado porque mi pareja había estado lejos durante un año. Pero, suficiente tiempo después, sucedió de nuevo, otro hombre casado del que me enamoré. Fue entonces que tuve mayor claridad sobre mi propio matrimonio y tomé acciones al respecto; pero en esta ocasión ser “la otra” fue diferente. En mi cabeza ignoraba por complete la existencia de su mujer. Yo me preocupaba por mi pareja (obviamente no lo suficiente) y solo asumía responsabilidad por mi propio matrimonio.

No la conocí a ella. Mi amante y yo hablábamos sobre un futuro juntos. Estaba enamorada como si tuviera 16 años. Pudo haber sido por la emoción, pudo haber sido por mi propia necesidad, pero no sentí que fuera incorrecto. Como dice One Republic, “Se siente tan bien haciendo algo tan malo”.

El estereotipo de la amante

Nunca me he sentido como una destruye hogares, ni siquiera cuando mi amante y yo hablábamos de un futuro compartido. Pero aun así tenía miedo de que se supiera en nuestro círculo cercano, aunque privado. No por mi pareja o la suya, sino porque no quería ser vista como una rompe hogares. Y porque, muy dentro de mí, me preguntaba, y todavía me pregunto, ¿cómo puedo ser feminista –definitivamente no una persona malvada, no más egoísta que la otra persona, tal vez tampoco demasiado buena persona– pero un ser humano amoroso que se preocupa por su entorno y aun así no demostrar solidaridad femenina? ¿Cómo puede mi fuerte imagen feminista fusionarse con el concepto social de la “otra mujer”?

Digo a modo de chiste que yo no soy el tipo de mujer que es la amante, pero ¿cuál es ese tipo? Una vez más me encuentro luchando contra las normas sociales y las palabras y conceptos que representan.

No existe un ‘tipo’ para ser “la otra mujer”. Todos somos individuos; todos tenemos el bien y el mal. Todos podemos ser buenas personas haciendo una cosa socialmente construida como “mala”; y si hay que emitir un juicio, que sea sobre eso.