Mi problema con el alcohol (y la verdadera razón por la que prefiero no tomar)

problema con el alcohol

Foto. Justin Aikin /problema con el alcohol

Hay pocas cosas sobre las que me he sentido altamente segura durante mis 29 años de vida. Que la vida de oficina no es para mí, que necesito expresarme a través de la creación y que podría ser una potencial adicta.

Para cuando tenía 10 años, mi “adicción” a la comida chatarra me dejó muy en claro que no necesitaba otro vicio. Pasaba los días comiendo o pensando en comida y sólo me detenía a dormir, bañarme y caminar hacia la cocina por más azúcar.

Algo externo dictaba gran parte de mi enfoque y claridad mental, mi estado emocional, el aspecto y salud de mi cuerpo e incluso mis relaciones con la familia y amigos.

¿Otro vicio? No, gracias

Me parecería casi ridículo pensar que un pedazo de pastel en el refrigerador o una bolsa de papas fritas fueran muchísimo más fuertes que mi voluntad. Sentía que el consumo estaba totalmente fuera de mi control y el dolor que me causaban mi cabeza y mi estado físico me hicieron decidir firmemente que nunca probaría sustancias adictivas como un cigarro y drogas.

Y aquí entra una de las preguntas que más me han hecho en mi vida: ¿por qué no tomas alcohol? Seguida por: ¿no te gusta?, ¿pero nada?, ¿nunca has tomado?

Mis breves –y fallidos– encuentros con el alcohol

No me encanta el alcohol. Me agradan cosas muy dulces como el Baileys (que para eso mejor me ensarto un brownie). He probado y he estado happy 3 veces en mi vida. La primera fue para llamar la atención de un sujeto que me gustaba; la segunda fue para excusar las dos bofetadas que le solté al mismo sujeto porque nunca me haría caso y la última fue estando con mi mamá y un chico con el que salí.

Andábamos por el centro de Mérida, se me antojó una margarita frozen, me la tomé con el estómago vacío como si no hubiera mañana (porque para mí era como un smoothie) y cuando me golpeé la nariz en la barra supimos que era momento de subirme al coche y llevarme a casa a dormir.

Así que no, jamás he estado borracha en mi vida, no me intriga, no me interesa, me da lo mismo. Y tampoco lo digo con la intención de sonar interesantísima, más bien es porque no me gusta cómo me hace sentir.

Mi problema con el alcohol

No me gusta el ardor en el estómago, las orejas calientes, ir al baño con un olor raro, el dolorcito de cabeza o la ansiedad que me genera (y eso que jamás he estado peda).

Tampoco me gusta ver lo que hace en algunas personas; esa necesidad de tomar por pertenecer, porque sienten que sólo así pueden “ser ellos mismos” o porque de otra forma no harían o dirían algo que traen dentro. Me hace pensar en mis propias “adicciones” y el vacío que ninguna cantidad de chocolate puede llenar.

Me veo reflejada en partes de ellos y me recuerda a mi propia falta de control. Sería muy ignorante y estúpido generalizar lo que el consumo de alcohol significa para cada quien, tal como lo es con la comida chatarra, especialmente viniendo de alguien como yo que no tiene idea de lo que habla cuando de beber se trata; pero lo que he experimentado ha sido suficiente para no querer más apegos en mi vida.

Una decisión acorde a mi estilo de vida

Nunca sentí que me dejaran de lado por no tomar. La verdad es que nunca he salido mucho, mis papás no toman ni fuman y diré que ver a algunos familiares en modo borrachera me hacía (hace) sentir de lo más incómoda.

Por el contrario, siempre he sentido que, personalmente, no beber me recuerda que puedo elegir y, sobre todo, que también puedo ser muy empática con personas que se sienten fuera de control cuando se trata de alcohol u otro tipo de dependencia. Simplemente preferí no arriesgarme a apegarme a más sustancias o situaciones.

Creo que eso es; comprendo bien, desde mi perspectiva, cómo se siente una adicción. Pruebas algo que al momento se siente bien, alivia, calma o hasta parece que te acompaña o te hace sentir más feliz que nunca. Dura muy poco y la caída siempre es dolorosa. Crees que tú lo controlas cuando está lejos de ser así o que “una vez más” y luego lo dejas.

Efecto placebo

El efecto no suele ser real, me atrevo a decir que nunca lo es. Siempre queremos recrear la ilusión de bienestar con más y más consumo y no lo conseguimos. Nos aleja de nosotros mismos y de otros, nos borra la realidad y nos dibuja una nueva que usualmente esconde todo lo que no queremos enfrentar; se nos lastima el cuerpo y la mente.

No puedo decir que “satanice” el consumo de comida chatarra o de alcohol, porque conozco el balance, pero sólo porque he conocido los extremos y sé que nada se pone divertido por ahí. Sé de eso que vive en mí y que podría dispararse en una semana, tres años o nunca.

Creo que mi problema con el alcohol viene simplemente de conocerme un poco más cada día, de ser honesta conmigo y de mi trabajo personal, eso es todo.

Conozco mis alcances y a veces reconozco qué es lo que realmente me hace falta cuando lo busco en comida o relaciones dependientes y, finalmente, sé que nunca estará al fondo del plato, en la aprobación de nadie y mucho menos en una botella de alcohol.