Después de los 30: ¿los anticonceptivos son el enemigo de tu cuerpo?

anticonceptivos

Foto. Tanja Heffner

Llegué a los 33 años sin ciclo menstrual. La causa: el uso incuestionable de anticonceptivos durante siete años. Todos los miércoles, antes de las nueve de la mañana, colocaba un parche sobre mi abdomen. A la tercera semana, aparecía el sangrado, ese líquido rojizo, que me daba la certeza de no estar embarazada.

Lo utilicé cuando recién inicié mi vida en pareja. Ambos lo platicamos, buscamos una ginecóloga, y después de algunas noches de reflexión, elegimos ese método porque representaba comodidad, seguridad y economía, pues en aquel tiempo, la caja con tres parches, salía en 150 pesos.

Fueron buenos tiempos: se me niveló mi ciclo, los cólicos disminuyeron y no sufrí efectos secundarios, como aumento de peso o acné. Me sentía privilegiada de tener el control de mi cuerpo, de evitar que la maternidad me tomara por sorpresa, de sentirme libre.

Un cambio sorpresivo

Pero todo cambió justamente hace un año, cuando regresé de un viaje por Tijuana. Era la cuarta semana y mi regla no se presentaba. Estaba histérica: la maestría, la beca, la investigación, la escritura de la tesis, la falta de un empleo, la mudanza laboral de mi pareja. No era buen tiempo para recibir la maternidad.

Me hice una prueba casera, pero aunque el resultado negativo me devolvió la tranquilidad, descubrí que mi cuerpo quería decirme algo. Suspendí los parches y fui con la ginecóloga.

Me realizó un ultrasonido. Mientras en la pantalla aparecía mi útero, las manos se me adormecieron. Mi intolerancia al dolor físico hace que odie cualquier visita médica. Aunque mi ginecóloga es paciente y empática, siempre hago drama ante este tipo de exploraciones, que si bien, son necesarias para salvar la vida, también son sumamente invasivas, desde la posición acostada con los pies en dos barrotes hasta la exploración vaginal.

Después de veinte minutos de tortura, y un poco de sangrado, me dijo:
—Tienes un pólipo endometrial, debemos extraerlo mediante una histeroscopia quirúrgica.
—¿Qué es eso?, le pregunté angustiada.

Me explicó que se trataba del exceso de un tejido que sobresalía la cavidad uterina –en mi caso, a causa del uso prolongado del parche, el cual provocaba un alto porcentaje de hormonas– pero aunque la mayoría de esos pólipos son benignos, algunos sí pueden causar cáncer, así que entre más pronto lo quitaran, mejor.

Salí desconsolada. Hasta antes de esa noticia, jamás me había sometido a una operación. Después apareció el reproche a mí misma por hacer de mi regla algo “cómodo”, sin dolores ni atrasos, a través de los parches.

Una nueva mirada

Es curioso, cuando eres adolescente todos te dicen “Cuídate. No vayas a salir embarazada”, pero cuando llegas a los 30, esas personas –y otras más– te preguntan: “¿Y cuándo piensas ser madre?”.

Así que el uso de anticonceptivos juega un papel distinto en cada una de las etapas que vivimos: primero son tus mejores amigos, los que te permiten desarrollar tu vida sexual sin tanto temor a cambiar pañales a los nueve meses; pero después se pueden transformar en el enemigo de tu cuerpo.

En mi caso, sabía que era hora de liberar a mi cuerpo de tanta hormona, pero también tenía miedo de quedar embarazada. Platiqué con mi ginecóloga, aunque la operación la planeamos un mes después, durante ese tiempo debía controlarme.

Antes de continuar quiero destacar la empatía y solidaridad de mi pareja, quien siempre me ha dejado ser y hacer, y en el caso de la planificación familiar, no fue la excepción. Me insistió en buscar otros métodos, como el preservativo o el ritmo, pero sentía que esas alternativas jamás me darían el nivel de tranquilidad que tuve con los parches.

Probando el DIU…

Ante mi negación, la ginecóloga me propuso colocarme el DIU que dura tres años. Acepté. Al día siguiente estaba ahí: acostada con únicamente una bata quirúrgica y los pies colgando de unos tubos metálicos y fríos. Cuando intentó colocarlo, sentí un cólico fuerte, una sensación fría, como si alguien me rasgara por dentro. Grité horrible, lloré inconsolable. La ginecóloga abandonó la misión. Me propuso hacerlo durante la extracción de mi pólipo. Con anestesia. Dije sí.

Me quitaron el pólipo y me colocaron el DIU un 5 de enero. Digamos que fue mi regalo de Reyes Magos. No hay sangrados ni cólicos, pero tampoco una continuidad de mi regla: un mes sí, dos no.

Últimamente mi pareja y yo hemos pensado en dejar los anticonceptivos. No porque queramos ser padres, sino para darme una oportunidad con mi cuerpo.

Anticonceptivos: ¿de tranquilidad a amenaza?

Durante muchos años, los anticonceptivos han sido la oportunidad que tengo para evitar una maternidad sorpresiva. Un privilegio que ni mi abuela, y quizá ni mi madre tuvieron. Los he disfrutado mucho porque me dan poder de decisión, pero también es necesario hablar sobre los efectos secundarios que van más allá de lo físico.

Así como las mujeres nos hemos unido para romper el silencio ante el acoso sexual, la inequidad, la violencia, el machismo, la misoginia, y un largo etcétera, debemos hacerlo también con el uso de anticonceptivos.

No debemos permitir que el control de nuestra fertilidad se transforme en una amenaza para nuestra salud. A mis 24 años, cuando decidí vivir en pareja, mi mayor preocupación era una maternidad sorpresiva. Nueve años después, lo sigue siendo, pero consumir hormonas que controlan mis ciclos con el rigor de un internado suizo ha dejado de hacerme sentido, si mi salud está en riesgo.