Crecí odiando mi cabello oscuro (o por qué pensaba que ser rubia era mejor)

ser rubia

Foto. Perchek Industrie

Desde que era niña siempre intentaba juntarme con las güeritas del salón, como si el hecho de estar cerca de ellas me quitara la melanina del cabello.

Quizá mi obsesión empezó cuando en primero de primaria quería interpretar el papel de la virgen María en la pastorela escolar –motivada, principalmente, porque el niño que me gustaba (obviamente  rubio y ojos claros) tenía el papel de José. A pesar de mi insistencia y de levantar la mano por más de 5 minutos, la maestra no me eligió a mí, sino a Amelia, mi compañera de cabello amarillo, largo hasta la cintura y ligeramente ondulado.

A partir de ese día todo empezó a cobrar sentido dentro de mi inmadura y tierna cabeza de 6 años. Entendí el porqué la maestra me había confinado a ser una pastora en lugar de una virgen, y todo indicaba que era por mi color de cabello; era obvio, cómo iba a ser yo María si nada de lo que yo consideraba bello en ese momento se parecía a mí. Todas mis Barbies tenían el cabello platinado, mis muñecas tenían ojos azules y mi ídolo de aquel entonces, La Cenicienta, era todo menos trigueña.

Quiero ser rubia

Así pasaron los años y yo crecí idolatrando a esas chicas rubias que eran todo lo que yo no podía ser, hasta que descubrí un shampoo con manzanilla que me daba la esperanza de aclararme el cabello en poco tiempo. Convencí a mi mamá de comprarme el bendito shampoo, luego el acondicionador, y hasta el spray para desenredar; los usaba tan juiciosamente que, regresando de unas vacaciones de verano, me llamaron la atención en la secundaria porque el reglamento prohibía teñirnos el cabello. Cuando la directora me increpó, yo le respondí, orgullosa: “esto no es pintado, es mi cabello natural”.

En cuanto cumplí los 16 dejé los métodos naturales y empecé a teñir mi cabello, primero con unas lucecitas discretas, luego con los famosos rayitos que pasaron de ser miel a platino. Cuando finalmente logré ser completamente rubia, las cosas no cambiaron: no me sentía bien conmigo misma, gastaba demasiado dinero en tintes… pero tampoco me cuestionaba el por qué quería lucir de esa manera.

Luego de meses de tanto peróxido, mi cabello estaba bastante maltratado porque además, según yo, el pelo claro sólo se veía bien en las personas lacias, así que todos los días me peinaba con la plancha para eliminar cualquier chino.

Época de cambios

Ya en la universidad tuve una crisis de identidad y pasé del rubio al rojo intenso con horribles extensiones de broche, muy artificiales. Al final, cualquier color era mejor que volver a mi tono natural, que me parecía ordinario, simple y feo.

Finalmente llegó el día en que me vi al espejo y no me reconocí; ya no sabía cómo era mi cabello cuando no trataba de aparentar ser lacio o rubio, no me acordaba cómo me veía antes de usar shampoo aclarante o tintes. Así que decidí comprar una cajita de supermercado y teñirlo de café oscuro. Mi pelo ya estaba destruido y tuve que cortarlo. 

Al principio me sentía muy rara, pero poco a poco fui abrazando a esta nueva “yo” que tanto me daba miedo conocer, con el cabello oscuro, esponjado y con frizz. Mi cabello fue sanando junto conmigo, y aprendí después de mucho tiempo que la mayoría de los mensajes mediáticos que consumía y me llegaban todos los días, me habían entrenado a pensar que lo único bello era lo caucásico. 

Ya no quiero ser rubia

Ya son casi 8 años sin teñirme el cabello y no creo que esté mal hacerlo, pero en mi caso esa decisión estaba basada en la inseguridad. No era capaz de identificar que esas ganas de teñirme el cabello provenían de una falta de aceptación, que me forzaba a copiar un estándar de belleza poco realista.

Desafortunadamente crecí en una generación donde los medios prácticamente no cuestionaban los cánones de belleza ni mostraban en fotografías o películas a mujeres morenas o de cabello oscuro. 

Me alegra y celebro la diversidad que en los últimos años ha llegado al mundo editorial, la televisión e incluso la moda, aún falta camino por recorrer, pero el llamado movimiento body positive cada día gana más espacios.

En lo personal, ver mujeres más parecidas a mí me ayudó a reafirmar mi belleza y sentirme mejor con mi apariencia… después de todo, la virgen María bien pudo haber sido morena.