Por qué creo que un corte de pelo debería ser algo más divertido y menos traumático

corte de pelo

Foto. Daniel Apodaca

Una vez, hace ya muchos años, fui al salón de belleza por la despuntadita habitual, pero, por primera vez, sucedió algo que me cambió para siempre (¡Ay ajá!): una débil vocecita interna me decía “¡Vamos! ¡Atrévete! Siempre has querido hacerlo ¡Decídete!”, y entonces me decidí.

A partir de ese momento adquirí la divertida (o malsana) costumbre de que una vez que me pusieron la batita de plástico, me sentaron frente a un espejo gigante y el estilista en turno ha tomado mi pelo entre sus manos con desdén para hacerme la consabida pregunta: “¿Cómo lo vas a querer?”. Yo, invariablemente y como autómata, respondo alegremente: “¡Como tú quieras!”. Y todavía completo en mi ánimo desaforado: “¡Confío en que tú sabes, córtalo como quieras!”.

Esta práctica me ha llevado a tener como resultado unos cortes de pelo deplorables que durante semanas me obligan a llenar mi cabeza de menjurjes varios, gel o fijador, ponerme pasadores, ligas o pañuelos. Gorras y sombreros si es necesario. Y por supuesto, también ha habido muchas ocasiones en que salgo del salón con un estilazo maravilloso, la canción de “Pretty Woman” sonando de fondo, y los automóviles deteniéndose con un rechinido mientras yo paso al lado.

O así se ve en mi mente, pues.

¿Un simple corte de pelo?

A pesar de que muchas veces el resultado de mi nuevo look no me ha gustado ni tantito, hace mucho tiempo que aprendí a no sufrir por ello. Sé que al fin y al cabo volverá a crecer, así que ¡qué más da! Y aunque el tema capilar podría parecer algo banal o sin mucha relevancia, yo creo que a través de nuestro pelo (así como de nuestro cuerpo) podemos enviar muchos mensajes y marcar más de tres estatutos.

Por ejemplo, el más importante a mi parecer es que nuestro pelo es eso: nuestro. Y deberíamos tener la libertad de experimentar y divertirnos con él, sin barreras, sin culpas, sin estereotipos, teniendo la posibilidad de crear nuevos estilos si se nos da la gana, y disfrutando el lucir de manera diferente, si así lo decidimos.

Una vez corté mi cabello muy chiquitito, mi mamá me rogó que no lo hiciera, la estilista no estaba muy convencida de hacerlo, pero yo insistí: lo quiero muy corto. En la escuela se burlaron de mí hasta el cansancio y me dijeron niño durante semanas, pero a mí me encantaba levantarme por las mañanas y no hacer más que pasarme la mano por el pelo húmedo para acomodarlo y quedar lista.

Experimentar con tu cabeza

En otra ocasión me hice un corte asimétrico, con el pelo largo de un lado y muy cortito del otro. También una vez llevé un corte que involucraba zonas rapadas, fleco muy corto y figuras hechas con rasuradora. Lo amaba.

Sin embargo, al poco tiempo me di cuenta de que en el ambiente laboral donde me desenvolvía, parecía ser importante proyectar una imagen ejecutiva y profesional, así que debía cambiar mi estilo a uno mucho más “normal” y serio. Que de paso cubriera el tatuaje que llevo en la nuca.

Trabajando por mi cuenta en ambientes corporativos, no me preocupaba un jefe de ideas cuadradas, pero sí la percepción de muchos clientes potenciales juzgones. Así que durante mucho tiempo mantuve una melena a los hombros y flequillo de lado. Pero me aburría.

Adiós cortes “impuestos”, hola “cortes liberadores”

Por si no fuera suficiente, me abrumó otro pensamiento terrible: ¡La edad! ¿Será que ya no estoy para estos estilos? Empecé a cuestionarme. Y aunque a mis treintaypocos me sienta todavía en la flor de la juventud, ese pensamiento me atormentaba un poco.

Muchas veces veía chicas en la calle con estilos increíbles, cortes de pelo arriesgados. Las miraba con atención de stalker (sorrynotsorry) y admiraba su decisión, su valentía; su caminar con esa confianza atrevida que las hacía ver aún más lindas. Y me inspiraban. Me inspiran.

Entonces pensé algo importante: No sólo deberíamos poder hacer con nuestro estilo lo que nos dé la gana, sino que además nadie debería juzgarnos por ello. Las personas con las que trabajé y me relacioné no tendrían que dudar de mi capacidad como profesional solo por como luzco. Más allá de esto, y más importante aún, me di cuenta de que no quería seguir juzgándome a mí misma, abandonando la idea de hacer algo que me gusta por algo tan etéreo como la edad.

Así que con la algarabía recuperada me senté nuevamente en el mullido sillón con la batita de plástico puesta, me solté el pelo, y con esa simple acción solté también prejuicios, culpas y críticas. Cerrando los ojos me preparé para mi nuevo look. El resultado es lo de menos.