Sobre las amistades que se quedan en el camino, ¿qué pasa con esas relaciones?

Foto. Oliver Ragfelt

No soy una persona muy amiguera, al contrario, creo que soy bastante tímida y suele costarme trabajo la interacción social. Así que cuando hago amigues, procuro cuidarles y mantenerles.

No siempre lo hago bien, muchas veces, por ejemplo, olvido fechas importantes o acontecimientos que son valiosos para las otras personas. Gajes de las personalidades despistadas. Luego trato de resarcir el descuido, por supuesto, y de manera general, siempre procuro estar presente en sus vidas.

Tengo amigas y amigos de donde pasé mi infancia y adolescencia. Amigas que fueron mis compañeras de colegio y universidad, amigos que permanecieron después de la separación de mi ex, y amigues que surgieron de forma espontánea, en situaciones por demás casuales. Cada cual con sus particularidades, intereses y afinidades comunes que nos hacen compartir los afectos.

Algunas de estas amistades me acompañan desde hace más de 20 años. Nos conocimos en épocas de pelos amaestrados con donas para el pelo, braquets y granos en la cara, camisas de cuadros amarrados a la cadera y ombligueras en tonos fosforescentes (De haber sabido que la moda de los 90 regresaría, hubiera guardado tantas cosas).

Algo pasó…

Y a pesar del cariño que nos une después de años y años de amistad, es inevitable que, con algunas personas, esa amistad se vaya diluyendo. Nunca nos peleamos, no pasó nada grave, nunca hubo reclamos o dramas. Simplemente las llamadas se fueron volviendo más esporádicas, el contacto menos frecuente. Se empezaron a atravesar otros compromisos, luego llegaron las cancelaciones de último minuto.

Un día, por ejemplo, me di cuenta de que ya no etiquetaba a una de mis amigas en cada meme divertido que me encontraba como solía hacer pocos años atrás y menos quedábamos en una fecha para ir a tomar algo. Perdí la cuenta de cuándo fue la última vez que hablé con ella. Yo no me había puesto en contacto, pero ella tampoco. Me animé entonces, envié un mensaje y, tras un breve y amistoso intercambio de mensajes quedamos en vernos. Emoción mutua y genuina por el reencuentro, pero entonces ¡zaz!

La expectativa de unos tragos coquetos aderezados de buen chisme, con esa sensación de maripositas en la panza propia de quien acude a una primera cita de amor, termina siendo una reunión aburridísima donde abundan los silencios incómodos y la aparición constante de la pregunta “¿Y luego qué más?” .

*Nunca más se vuelven a hablar*

¡¿Qué nos pasó!? Antes éramos chéveres

Creo que es difícil entender que de esa amistad chingona que creímos para siempre, solo queda el recuerdo, más cuando compartimos momentos intensos: viajes, risas, aventuras, experiencias, cambios, proyectos, primeras veces… Y, sin embargo, para mí, es más doloroso mantener amistades más por costumbre, que por verdadero cariño. Así mismito como la canción.

No queremos aceptarlo, pero los intereses cambian, avanzamos y evolucionamos. Y aquello que nos unió durante un tiempo con algunas personas, un día ya no nos representa. Ya no queda más que un contacto en Facebook que jamás en la vida volvemos a pelar. Pero que tampoco nos atrevemos a borrar.

Los caminos de la vida

Y el que los caminos comiencen a separarse tampoco está mal: Tenemos personas que fueron nuestras compañeras de vida, nos acompañamos durante etapas importantes, valiosísimas, donde nos apoyamos mutuamente, nos “salvamos” de muchas formas, y ahora, en cierto sentido, ya no nos “necesitamos” más.

Creo que es lindo (e importante) valorar esos momentos, atesorarlos, pero no aferrarse a ellos. Lo único que se consigue es darse un golpe contra la pared de la realidad. Algo típico cuando te das cuenta de que las relaciones de amistad (así como cualquier otra, pues) no pueden forzarse.

Las que han estado y estarán

Al mismo tiempo, otras personas llegan a nuestra vida y nuevas amistades se van forjando. No estoy diciendo que todas esas amistades de pañales deben quedarse atrás. No todo está perdido, ni es azote total: Siempre nos quedan esas amigas y amigos con quienes no importa cuánto tiempo pase. Un día mandas un mensaje, haces una llamada, lanzas un grito desesperado y hay una respuesta. No importa lo que haya pasado ni el porqué de la ausencia, hay una respuesta.

Todas tenemos alguna o varias amigas con quienes nos ocurre así. Pasan años, pero un buen día te decides, vences la timidez/flojera/temor, llamas, y entonces, gracias a la respuesta del otro lado del teléfono, tienes la sensación de que el tiempo no ha transcurrido.

Qué maravilla sentir que podemos retomar la conversación como si nada, ponernos al día, compartir viejos chismes, pero también y, sobre todo, reconocernos como las personas que somos hoy. Valorar nuestros intereses actuales y nuevas experiencias, identificar qué nos puede unir ahora y qué de nuestro pasado ya no hace falta para una amistad que se forja nuevamente.

Y son esas amistades que se transforman, que se aceptan, que se adaptan y que se apoyan, sin importar lo antiguas o recientes que son, las que para mí, verdaderamente valen la pena.