Cuando perder el empleo te hace sentir la persona más fracasada…

perder el empleo

Por el tono grave con el que mi jefe me llamó a su oficina supe que algo no andaba bien y como mi intuición bien me lo decía, las noticias no fueron nada halagüeñas. Llevaba trabajando más de un año para esta compañía multinacional, me encargaba de coordinar varios estados y tenía otras homólogas en diferentes ciudades que reportaban al mismo jefe.

El discurso edulcorado comenzó tan pronto cerré la puerta. Habló sobre mi desempeño en los últimos meses, mis expectativas en el corto plazo y cómo habían sido mis resultados. Intenté argumentar defendiendo mis logros y resultados, matizando algunos fallos, pero ya para ese momento sabía lo que se venía y me sentía devastada.

Paréntesis 1: Por si fuera poco, por esos días estaba viviendo una ruptura amorosa, así que además de lidiar con la crisis emocional que representa una separación, ahora también se me venía la carga laboral-financiera. Fin del paréntesis.

El discurso continuó…

Estamos en reestructura, tenemos que reducir costos, tu puesto se fusiona con el de L. Hicimos un análisis de las fortalezas de cada una para tomar una decisión, bla, bla bla. Entonces asestó el golpe final: Decidimos que se quedara L porque tiene más antigüedad. Lo siento mucho.

La sangre se me fue a los pies, me quedé muda y un montón de pensamientos pasaban por mi cabeza en ese momento, sobre todo uno era el más recurrente: Fracasaste, en esto también fracasaste. Mierda, me quería morir.

Lo siguiente que mi jefe dijo fue pura palabrería de relleno que intentaba hacerme sentir mejor, pero yo ni le escuchaba, decía que de todos modos mi trabajo había sido bueno, que la decisión había sido muy difícil, que me iban a dar mi liquidación al 100% (¿gracias?), que podía ser que hubiera opción en otra de las marcas de la empresa, quizá en otra ciudad…

Ese día escapé de la oficina en cuanto pude, evitando la mirada de mis compañerines que me veían con lástima y compasión. Compré un montón de cervezas (eso del helado para la depresión es muy mainstream) y llegando a mi depa me solté a llorar con avaricia durante horas.

¿Y ahora?

A los pocos días, una tía muy querida me dijo que no me preocupara, que todas las personas pasamos por la misma situación al menos una vez en la vida. Y debo confesar que a mí esta idea me hizo sentir mejor. No porque fuera cierto, sino porque de repente ya no me sentí como la única fracasada en el mundo.

De todos modos, me costó trabajo recuperarme. Ese golpe al ego que se vive al ser despedido es profundamente desmoralizador, y como suele pasar en este tipo de situaciones, la primera fase por la que pasé fue negación total. Así que como sí había recibido mi buen dinerito de liquidación y estaba recién separada, lo que hice fue encogerme de hombros y dedicarme a “living la vida loca”.

No voy a decir que no fue (muy) divertido durante un rato, pero después, y dado que la vida loca es capaz de mermar el bolsillo de cualquiera, rápidamente me di cuenta de que tenía que aceptar mi situación de desempleada y ponerme en acción para dejar de serlo. Y pronto.

Entonces pasé a una fase de aceptación y con ello vino la tristeza y el encuentro frontal con una crisis existencial terrible. Tenía un montón de inseguridades sobre mi carrera profesional, mis expectativas, mi futuro, sobre mí misma, pues. Al mismo tiempo también me preguntaba si volvería a encontrar el amor y qué demonios había hecho para fallar así. (Aquí sí que hubo buenas dosis de helado y películas sentimentaloides *snif*)

Comienza la búsqueda

A las primeras entrevistas de trabajo a las que fui me sentía como oxidada y fuera de práctica, los nervios me desbordaban y no respondía las preguntas de la forma más adecuada. Mientras más iba a entrevistas, más nerviosa me ponía, y sentía que las oportunidades se me iban agotando. Cada mala entrevista me hacía sentir más insegura que la anterior; seguía teniendo cuentas que pagar y el dinero se agotaba. Me sentía muy presionada.

Paréntesis 2: En ese momento mi única meta era conseguir un empleo. Si hubiera tenido mayor visión y arrojo, en lugar de buscar empleo, hubiera emprendido. Pero en ese momento no estaba preparada. Fin del segundo paréntesis.

Un día llegó la última oportunidad, mis recursos se habían agotado y del resultado de esa entrevista dependía todo mi futuro (Exagero, pero así lo sentí en ese momento). Me di cuenta de que no podía darme el lujo de regarla. Era una excelente oportunidad y tenía que conseguir ese puesto que parecía soñado.

Me presenté muy puntual al lugar de la cita con mi mejor pinta de Godínez. Había ensayado mis respuestas a cada una de las posibles preguntas que me harían, me sentía muy preparada. Pero resultó que no se trataba de una entrevista, sino un “assessment” o sea, una sesión grupal para medir habilidades y competencias de los diversos candidatos.

Me obligué a mí misma a no dejarme amilanar y me conduje con seguridad y destreza durante toda la sesión. Después de ese primer filtro pasé a una entrevista, y luego a otra, y a otra más. En el ínter, resolví una serie de exámenes y validaron mis referencias. Fue el proceso más exhaustivo en el que he participado. Y también en el que más tranquila y confiada me sentí. Al final, me quedé con el puesto.

Una “pócima” efectiva

Lo único que había hecho diferente a las otras entrevistas es que esta vez había creído en mí misma. Había confiado en que tenía las capacidades y aptitudes para desempeñar el puesto por el que estaba participando y me entregué de lleno a demostrarlo, sin preocuparme por nada más.

Viéndolo en retrospectiva, no creo que todas las personas tengamos que perder nuestro empleo alguna vez en la vida. Yo lo viví, no es lindo, pero después de la inevitable crisis del ego herido, me sentí otra vez valiente y capaz de enfrentar esa y muchas otras situaciones.

Perder el empleo me enseñó a confiar más en mis capacidades y reconocer mis destrezas, a valorar mejor mi tiempo y planear mis expectativas de futuro. Pero, sobre todo, aprendí que un fracaso no quiere decir que sea una fracasada.