¿Por qué amamos enterarnos de la vida íntima de la realeza?

Foto. @kensingtonroyal

Estamos en la fila del supermercado, esperando a que el señor de enfrente pague la luz, el predial y le ponga crédito a su celular. Todo esto mientras su esposa le reclama que el jabón de manos que compró no es el de avellanas y quiere que se lo cambien. Al ver que esto va para largo, en vez de leer los 234 mensajes pendientes en el WhatsApp, los ojitos miran hacia el estante de al lado. Tomamos la ¡Hola! para ver qué hay de nuevo con la vida íntima de la realeza.

Estaba la Tv Notas, la Cosmo, la National Geographic (que siempre se lee, obvio), pero no. La curiosidad se vuelca hacia titulares como “La duquesa de Cambridge revela el primer mameluco del príncipe Jack”, “¡No creerás el valor del tapete del baño de Pippa Middleton” o “Esta fue la verdadera razón del pleito entre la reina Leticia y Sofía de Grecia y Dinamarca”.

Y entonces, devoramos, cuales zombies insaciables, todo ese contenido rosa que (parece) que ni nos va ni nos viene, pero obvio nos da tema de conversación con otras personas que, como nosotrxs, ama, AMA, enterarse de los chismes de la realeza. Pero ¿por qué sucede este fenómeno bochornoso?

Si ni realeza tenemos

En México, los temas de la monarquía tienen una gran aceptación. Y eso que la realeza propia de aquí —llámese tlatoanis— murió con Cuauhtémoc, mejor conocido como el último emperador mexica.

Luego, ahí en 1864, tuvimos una breve presencia de la realeza llegada directamente desde Viena: el archiduque y emperador Maximiliano I de México, o Maximilano de Habsburgo. Pero pues, Don Benito Juárez y él no cabían en la misma silla presidencial, así que bye bye Maxi y se fue nuestra última oportunidad de tener realeza gobernándonos. Bueno, al menos nos quedó el Castillo de Chapultepec para recordar lo que un día fue.

Tal vez ese vacío aún lo llenamos y por eso estamos extasiadxs con la vida íntima de la realeza, pero no, cualquier realeza.

Fascinación por la realeza europea

No es lo mismo hablar del bebé de Jigme Khesar Namgyel Wangchuck, rey de Bután (que nos importa lo mismo que la farándula de Bollywood), a si la reina Máxima le copió el look a la princesa de Suecia, o si se le perdió la pelota al corgi de la reina Isabel II o el análisis anual de los vestidos reciclados de la reina Letizia. ¡NO!

La fascinación por los lugares donde viven, por sus miles de “sirvientes”, por lo que hacen, comen, beben, visten, huelen y malmiran los europeos, se cuece aparte.

El cuento de la princesa plebeya

El hecho de que amemos estar al tanto de la vida de la realeza va mucho por el lado de esa saturación de cuentos infantiles y películas de Disney. La mercadotecnia hizo muy bien su trabajo al educarnos con que las niñas pueden ser pobres, solitarias y desconocidas, pero existe la posibilidad de que la vida cambie cuando llegue un príncipe y no solo nos enamore, sino que nos haga ricas y famosas. O sea, como de telenovela.

Y cuando por fin estamos ya conscientes de que eso le pasa a una en 100 mil millones y que la vida se gana con trancazos y esfuerzo, pues llegan ejemplos como Letizia Ortiz, que departía con gente ordinaria de Guadalajara y ahora es reina de España… Entonces nos devuelve 20 años atrás en nuestra madurez emocional. Y ahí estamos babeando y acariciando el vestido de novia de la nueva duquesa en la ¡Hola!

Básicamente por el drama

Una explicación que se suma a este extraño y culposo fanatismo por el chisme de la realeza es el drama. Le pasa a Taylor Swift, a Maribel Guardia, a Pedrito Sola, pero ¡que a un príncipe lo engañen y se divorcie! Oh, mi dios.

Es como una telenovela, pero de la vida real. Que se sabe que está lejos, pero existe, y llevan coronas, tiaras, cetros, joyas con brillantes, tronos de alfombrita roja y todo, pero los problemas cotidianos, los sufren.

Un estilo de vida que tiene mucho morbo

El precio de pertenecer a la monarquía es alto, muy alto. “Será muy princesa, pero no puede ponerse un escote a la Kim Kardashian”, “tendrá un castillo, pero seguro vive encerrado”, “nadará en millones de monedas de oro, pero no puede ponerse una peda descomunal y volver a casa con un walk of shame“… pensarán.

Y sí, ser parte de la realeza implica reglas estrictas, prohibiciones insulsas, protocolos que nos hace querer saber cómo es esa vida detrás de tanta perfección aparente.

El lado mala onda

Otra razón por la que no se nos puede culpar de amar los chismes de la realeza es porque, muy dentro de nuestro maligno ser, nos encanta que la caguen como nosotrxs.

Saber que el príncipe Harry se fumó un porrito, que Máxima de Holanda se ensució el vestido con aderezo o que la infanta de España fue regañada por la abuela es música para los oídos. Porque podrán tener fama, fortuna y poder, pero también son mortales.

Es un placer culposo

En diversas ocasiones he conocido a mexicanxs que saben incluso más de la realeza europea que muchos españoles, suecos, británicos y holandeses. Una razón de este placer culposo es que las malas ondas no nos llegan hasta acá en el nuevo continente. Aquí llega el glamour, la nota rosa, las excentricidades, todo lo bueno y divertido que no nos afecta porque no tenemos que mantenerlos con nuestros impuestos. Ya para eso hay muchos políticos aquí.

El complemento histórico

Y si te da oso aceptar que no puedes vivir sin saber cómo amaneció el pelo de Meghan Markle a meses de su boda con el príncipe Harry, siempre puedes dar una explicación certera.

Parte de la fascinación por la realeza europea tiene mucho que ver con tradiciones, con historia y cultura que nos ha llegado desde que somos pequeñxs. Y que sí, ni modo. Si nos hubieran educado con más cuentos tipo el Popol Vuh que con las historias de castillos, princesas y príncipes, pues otro gallo nos cantara.