La inesperada confesión que nos unió a mi hermano y a mí

hermanos

Foto por Annie Spratt

Recuerdo muy bien que en mi infancia, la relación que tenía con mi hermano no era la mejor. Siempre estábamos peleando y, cuando no, ni siquiera nos hablábamos. La verdad es que no nos soportábamos —era evidente— y nuestras edades tampoco ayudaban mucho. Él, un típico adolescente de 14 años —bastante irritable— y yo, una niña de 10 que solo pensaba en las canciones de Hannah Montana.

Hemos vivido en tres países distintos, cualquiera podría pensar que eso nos uniría, pero no. Esa no fue la razón por la cual nuestra relación cambió por completo.

Llegamos a México y muchas cosas fueron distintas, no solo nuestro estilo de vida se vio afectado sino también nuestra mentalidad. Cada quien seguía en lo suyo, él por su lado y yo por el mío. Era como si el otro no existiera. Claro, no siempre fue así. Hubo momentos que compartíamos como familia, nos reíamos y la pasábamos bien, pero la realidad era que no sabíamos nada de la vida del otro y tampoco nos interesaba mucho.

El día que cambió todo

Una tarde escuché a mis padres y hermano hablar en la sala, muy acaloradamente, debo agregar. ¿Qué los tiene tan enfrascados en la conversación? Yo seguía arriba, tratando de escuchar lo que decían. Por fin me enteré; sinceramente no me lo esperaba. Mi hermano confesó que era homosexual.

Decir que estaba muy sacada de onda, es poco. Luego, pensándolo con más detenimiento, muchas cosas tenían sentido. Después de ese momento, no saqué el tema con mi hermano, pero poco a poco nos fuimos acercando. Comenzamos a ver series juntos —no olvido nuestros maratones de ‘Gossip Girl’ y ‘Supernatural’— y compartir momentos que nunca habíamos tenido, como ir juntos a clases de danza y aconsejarnos cuando más lo necesitábamos.

La curiosidad me estaba matando, quería enterarme de todo, pero tampoco quería verme entrometida. El momento se dio cuando, unos meses después, tuvimos que ir a recoger a nuestros padres al aeropuerto. En el trayecto, seguía indecisa y recuerdo pensar: “¿Cómo empiezo? ¿Qué momento es el correcto? ¿Se molestará si le pregunto?”.

Ahora no me viene a la mente exactamente que le pregunté, pero lo que si sé es que él estuvo más que feliz de contarme todo. De abrirse por completo y sentirse libre de ser él mismo, lo cual dio partida a que yo me sintiera igual.

Razones poderosas

En nuestra familia no es algo común que expresemos nuestros sentimientos y emociones, nunca se nos permitió llorar. Eso en mi casa es para los débiles y estúpidos. Y a la larga, todo esto crea conflictos internos, te obliga a guardarte las cosas para luego explotar.

Así que, para mí, la razón más fuerte por la cual nos unimos fue porque dejamos atrás las costumbres que nos habían impuesto y nos permitimos ser sensibles y hablar de nuestros sentimientos. Nos hicimos saber que estaba bien sentirse mal porque pasara la mosca, ponernos tan ansiosxs que se nos quebrara la voz o reírse de algo políticamente incorrecto –la risa nerviosa de todos mis días. Finalmente entendí que sentir estaba bien y que no por eso era débil, entendí que la vulnerabilidad es también una fortaleza.

Hablar de sexualidad tan abiertamente fue la segunda razón, ya que era un tema que nunca tocábamos. Aunque individualmente sabíamos que era de lo más natural, hablarlo en conjunto resultaba incomodo. Y sí, compartir nuestras experiencias sexuales era algo asqueroso e impensable. Claro, es mi hermano y siempre llegará un punto en el que será desagradable tanto para él como para mí —tampoco quiero saber exactamente lo que hace, así estoy bien, gracias. Caso aparte era que estábamos construyendo confianza por medio de esa comodidad. Esta permitió hablar de ello, decirnos qué nos gusta y qué no, dudas que normalmente le haces a Google porque o te da pena o te sientes muy ignorante para preguntarle a alguien más.

Nuestra relación dio un giro de 180 grados, el hecho de que nos mostráramos tal cual éramos nos abrió las puertas de una confianza que no se tiene con cualquiera. Puedo decir que a partir de ese día nos contamos todo, nos unimos como hermanos y amigos. Nos apoyamos por completo y nunca faltamos cuando el otro nos necesita, porque eso es lo que forja a la familia.

Hoy, no puedo pensar en una vida donde no estemos hablando tonterías y carcajeándonos de cosas que solo nosotros entendemos. Lo que muchos considerarían un “problema”, para mí fue lo que me unió a mi hermano.