Esa época en la que te tenían que masturbar para quitarte lo ‘histérica’

Foto. Aman Ravi

Si alguna vez te has preguntado de dónde proviene la palabra “histérica” y por qué se asocia más a lo femenino que a lo masculino, no es simple machismo, sino que la etimología recoge a la histeria como una enfermedad del útero y, por lo tanto, propia de la mujer, y que se asociaba con “un trastorno en el comportamiento sicológico”.

Y aquí comienza una nada bonita, pero sí muy curiosa historia.

Resulta que por allá de inicios del siglo XIX, en la llamada época victoriana, las mujeres que sufrían de desfallecimientos, insomnio, retención de fluidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, respiración entrecortada (y con esos corsés quién no), irritabilidad, fuertes dolores de cabeza, pérdida de apetito y tendencia “a causar problemas”, eran llamadas histéricas y tenían que ir al doctor.

El médico les sacaba el chamuco, perdón, la histeria femenina, con masajes vaginales y masturbaciones. Su chamba era ofrecerles a las damas un momento de “relajación” en el que ellas se acostaban cómodamente, levantaban sus faldas, abrían las piernas y dejaban que el experto introdujera sus manos para provocarles el orgasmo. Si salía el líquido y pegaban el grito, es que ya estaban curadas.

Los masajitos milagrosos

Científicamente, la histeria femenina también se llama paroxismo histérico y era algo a lo que no todas las mujeres eran acreedoras. Esta práctica estaba reservada para las señoritas “de sociedad”, es decir, para las que no llevaban una vida sexual activa: vírgenes, monjas, viudas y ciertas mujeres casadas que lo necesitaban porque su marido nomás servía para procrear. Del placer, se podía esperar poco si se toma en cuenta que en esa época muchos matrimonios eran arreglados.

La histeria femenina era propia de mujeres a las que se les consideraba muy pasionales o cachondas, diríamos ahora; en el siglo XIX, se calculaba que quienes pertenecían a este club eran una de cada cuatro.

Y si pensabas que los médicos que sacaban la histeria se la pasaban bomba, pues no tanto así. Según Rachael P. Maines, autor de ‘The Technology of Orgasm: Hysteria, the Vibrator, and Women’s Sexual Satisfaction’, para ellos era una técnica difícil e incluso podían tardar horas en llegar a provocar el orgasmo y hasta tener calambres en las manos por atender tantas pacientes en un día. Pero de que les pagaban bien, eso no había duda.

Para hacerse la tarea más fácil, los médicos encargados de sacar el paroxismo histérico comenzaron a usar unos aparatitos que bien pueden ser los padres de los dildos. Desde 1870, dispusieron del primer vibrador mecánico y en 1873 se empleó el primer vibrador electromecánico en un asilo de Francia.

El fin de las histéricas

Los curiosos masajitos en la vagina comenzaron a perder popularidad, aún a mediados del siglo pasado, en los años 50, se llegaron a registrar algunos casos de médicos que atendían a mujeres por esa causa, pero la práctica ya cayó en desuso gracias a los estudios sobre la consciencia y la sexualidad.

Ahora se sabe que —en la mayoría de los casos— la necesidad de tener un orgasmo no se cura yendo al médico especialista, sino con relaciones sexuales placenteras que provoquen esa “salida de la histeria”, ya sea en pareja, a solas o en una orgía.

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