Colectivo Macramé habla sobre detener el tiempo (o intentarlo) en “Nada siempre, todo nunca”

Colectivo Macramé

“¿Qué es lo que más te frustra del tiempo? ¿Se puede frenar? ¿A quién le pertenece realmente?” Con esas y otras interrogantes es posible encontrarse al cruzar el umbral del mundo real para adentrarse al espacio suspendido de Nada siempre, todo nunca, una obra de Colectivo Macramé dirigida por Mariana Gándara y creada “a partir del cansancio, el desgaste y la precariedad”.

Quien se atreve a sumarse al juego recibe una advertencia. “Esto es un intento”, un experimento colectivo en el que difícilmente alguien podrá permanecer inerte. Desde que estás en línea para entrar a la obra se te entrega un cuaderno de ejercicios. “¿Me van a poner a hacer tarea mientras veo una obra?”, te preguntas.

Al principio no entiendes nada, pero esto no impide que no quieras participar. De cierta manera te intriga entrarle al juego al que has sido invitadx y que promete ponerse muy emocionante (por no decir emocional).

Tuvimos oportunidad de reunirnos con Mariana Gándara, directora de la puesta en escena, y las actrices Mariana Villegas y Abril Pinedo, quienes conforman junto a Aura Arreola, Ana Valeria Becerril, Regina Flores Ribot, Alma Gutiérrez y Miriam Romero el diverso elenco de mujeres que buscará, a través de medios insospechados, hacerte –cuando menos– reflexionar.

Foto: Antonieta López

¿Cómo comenzó el Colectivo Macramé?

MV: Estaba trabajando en el Museo del Chopo y tenía una carga de trabajo brutal, de entrada eso me impidió tener una expresión creativa. Me sentía cansada y a partir de esa sensación de desgaste continuo, pensé que de igual manera este cansancio sucede en el arte en México.

Convoqué a estas mujeres maravillosas, con las cuales comencé por un laboratorio de investigación escénica en el que trabajamos poco más de un año, y donde tocábamos tres conceptos principales: el desgaste, cansancio y precariedad. Tenía que ver con que de alguna manera, a todas nos resonaban estos conceptos, todas estábamos pasando por algún proceso en nuestras vidas donde estos temas eran relevantes.

Reflexionábamos mucho sobre cómo en esta generación realmente no conocemos a alguien que no esté cansado. Cuando ves tu timeline en Facebook o Twitter brincan varias palabras como “no puedo” dándote una sensación de erosión. Al trabajar en estos temas nos dimos cuenta que había un hilo conductor entre los tres conceptos: el tiempo. A quién le pertenece y cuál es su valor, de qué manera está involucrado con lo que hacemos.

¿Siempre ha estado involucrado el mismo grupo de actrices?

A: Sí, bueno no, hubo algunos desertores, ese es el riego que tienes cuando entras a un proceso tan largo, y más con nuestra profesión, nunca sabes cómo va estar tu calendario. Acabamos siendo puras mujeres, al principio había un hombre, pero se enamoró y se fue, tal cual. Entonces nos quedamos nosotras, siempre fuimos las mismas.

Foto: Antonieta López

¿Qué aporta cada actriz a Nada siempre, todo nunca?

A: Esa es una buena pregunta, yo creo que cada quien aporta su presencia y experiencia, más que otra cosa.

MG: Hay una cosa bien interesante –que creo que como colectivo pusimos esa idea al centro desde el principio– que es trabajar desde la colectividad. El qué significa y qué nos implica, siento que cada una tiene un perfil muy particular, todas poseen personalidades muy fuertes, pero cada una tiene una manera bien propia de ver el mundo con herramientas muy distintas.

Desde la diversidad de edades  –que vamos de los 19 a los 64– hasta la diversidad de cuerpos, de ideologías… eso enriquece mucho el trabajo y hace que lo que estemos proyectando tenga la sensación de colectividad, de crear un convenio entre todas. Llegar a un punto medio de lo que puede ser tan diferente entre todas enriquece mucho la propuesta.

La obra parece ser una especie de catarsis, tanto para las actrices como para la audiencia, ¿qué se llevan ustedes de cada función?

MV: A mí me parece un poco difícil. Esta obra es un dispositivo de convivencia, y en escena siempre tengo miedo de que suceda o no, o de qué manera puede suceder. Cuando veo al espectador involucrado me reafirma muchas cosas sobre el tipo de trabajo que me interesa. Reafirmo lo que puede ser posible en nuestra sociedad. Es una maqueta de nuestro entorno, donde cabemos de 50 a 60 personas que se convierten en colaboradores y creadores de la obra. Cuando veo que algo macro puede funcionar, me da esperanza en el mundo.

Foto: Antonieta López

¿Qué quieren que el espectador se lleve?

MG: En este momento, en este país, me importa mucho producir espacios en donde nos podamos compartir vulnerables y ver qué sucede, qué pasa cuando bajamos las defensas, hablamos de lo privado y nos damos chance de un encuentro real con el otro. Me emociona profundamente y al término de la función llego a casa con una sensación recargada de esperanza. En ese sentido creo que lo que más me gusta es que pasa a través del juego, de cómo nosotras los convencemos de dejarse jugar. En realidad lo que queremos que se lleve el espectador es una prerrogativa personal, cada quien decidirá con qué se va a casa.

MV: Yo creo que las obras en general, o por lo menos las que a mí me interesan, sí tienen que ver con el planteamiento de un tema y cómo podemos abordarlo, pero siento que en las obras de teatro hay mas preguntas que respuestas, las conclusiones las tiene el espectador. Lo que a mí me importa es que el espectador se vuelva pensante a partir de algo que lo ha provocado.

¿Cuáles son los retos de tener una obra interactiva?

MG: Todo lo que pueda ocurrir es bienvenido, ya que el espacio es para conocer y seguir probando. Hemos tenido muy buena respuesta del publico y ha sido raro quien no quiera jugar, pero aun así observar es un gran ejercicio. Al no estar escrito lo que pasa en el público, no sabemos qué pueda pasar. Seguimos descubriendo con ejercicios de prueba y error. Cuando son más personas pasa que sientes que no hay que participar, porque alguien más lo hará por ti, es un reflejo bien interesante de lo que pasa en sociedad.

Foto: Antonieta López

¿Por qué el nombre Nada siempre, todo nunca?

MG: Es chistoso, pero hay proyectos en los que el nombre es lo último en llegar y hay proyectos, como este, en donde el nombre fue lo primero en aparecer. Yo estaba terminando una beca en la Fundación de Letras Mexicanas y tenía un primer esbozo de una escena, pero ya sentía que tenía que ver con esta temática, con esta sensación de desgaste. Y sucedió que en obras anteriores la pregunta era “¿Qué te impide vivir la obra que deseas?”  Nadie pertenece aquí más que uno mismo. De repente pasaron los años y me sentía en un lugar en el que ya no sabía si vivía o sobrevivía. En esta sensación fue cuando dije “igual y nada siempre, todo nunca” y ante esto propuse una reacción.

¿Qué es lo más gratificante de hacer este proyecto?

A: Justo la experiencia de mirarte a los ojos con el otro, escucharlo, saber cuáles son sus deseos y en qué piensa, qué tan cerca estás de ese deseo tú también. Con esto siento que hacemos algo hermoso cada noche.

MG:  Ver a la gente jugar, acercándose a hacer realidad su deseo. Ver a un desconocido interactuar con otro desconocido.

MV: Dos cosas, el darme cuenta de que en el fondo todos deseamos las mismas cosas, y poder espejearme con ellas. A veces no decimos lo que necesitamos, y que este [proyecto] sea un espacio para poder confesarlo me gusta mucho.

Posted by Colectivo Macramé on Monday, June 19, 2017

Para conocer las fechas de “Nada siempre, todo nunca” sigue la página de Facebook de Colectivo Macramé.